Uniendo la acción a la palabra, sin más, demos trámite a lo dicho. He aquí la mejor manera de reflexionar teniendo como escenario (por cierto uno de los más propicios) el delicioso vapor que sobrevuela el recipiente donde se cocina la paella.
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Cuento
Se volvía ajena a sí misma, negada en un océano de minúsculas inexistencias; se tornaba por momentos azul o gris, pero nunca roja. El rojo era un color que no podía asumir porque era el color que traía aparejada la madurez...
Los días en que predominaba la confusión no eran propicios a exhibir algún color determinado sino una mezcla de bastante mal gusto que de lejos le otorgaba la apariencia tornasol de la indiferencia por la vida.
Algunas de sus ideas podrían haber sido catalogadas de interesantes pero en aquel estado de incompetencia inanimada nada brotaba de su cabeza que valiese la pena pues su autocensura tenía una habilidad policíaca magistral.
Coincidió el otoño con aquella feria trashumante de gitanos vagabundos que ofrecía la representación de una pequeña pantomima para marionetas de estilo japonés, donde por descuido se filtró en su ánimo la desazón y su atención fue perturbada por el vértigo de las sillas voladoras. ¡Un carrusel rojo! –pensó con cuidado- pero el vértigo se convirtió poco a poco en una tentación.
Hurgó en sus bolsillos en busca de una moneda amarilla y el placer táctil la predispuso al atrevimiento de comprar el boleto. Articuló por fin dos palabras ante la bocana de la taquilla: ¡Un boleto! -en un grito ahogado- y extendió la mano depositando la moneda que brilló bajo la luz de neón como un disco de lava encendida. El destello la puso en guardia ante un flash back inminente. Recordó un breve sueño: se vio desnuda frente a un pequeño charco de aguas absolutamente negras ante las cuales su cuerpo producía un resplandor rojizo. Rechazó la imagen pero no con la vehemencia suficiente. Se recordó frente al pequeño altar violeta pronunciando la oración del crepúsculo.
Un leve toque en el codo y el vigilante se volvió para aceptar el boleto. Una sonrisa delataba su estado de ánimo en franco desacato a su antigua renuencia. Subió al sitio de espera sin mirar a nadie, concentrada en recordar el desayuno con el sabor a naranja en la boca y mirando el follaje del jardín. La tanda de vueltas llegó a su fin. Los usuarios descendieron de las sillas y se encaminaron a la salida. Los sitios de acceso se hallaban en el lado opuesto a ella. El turno para ocupar su silla voladora le llegó finalmente. Hubo un titubeo para decidirse y quedó acomodada en una silla color rojo cereza. En un instante el aparato empezó a girar y las revoluciones se hacían paulatinamente más vertiginosas. Delante del acceso principal perdió un zapato lo que le introdujo en un estado de angustia que se agravó hasta el punto de desear no haber concebido la idea de subir a la silla roja.
Una calidez, al principio imperceptible, invadió su cara y sus manos. Era como si permaneciera al sol, expuesta directamente. Llamó su atención el hecho de que no había sol ni por asomo. El cielo estaba nublado y además la gruesa lona que servía de toldo no permitía que la luz se filtrase.
Comprendió en seguida lo que ocurría. Se trataba del efecto del color rojo. ¿Era posible? ¿Estaba sucediendo?
Su personalidad y su ser entero experimentaba un corrimiento. Su percepción se fundió en un orgasmo cromático y todos los seres que la rodeaban en las sillas voladoras se encendieron al unísono como huevos luminosos. La luz que desprendían sus cuerpos difuminaba sus contornos y ante aquellos resplandores dorado rojizo dejó de sentir la angustia y el vértigo.
El aparato se detuvo y el efecto de aquella visión cesó. Nunca antes había experimentado algo parecido. Salió recogiendo el zapato y mirando en todas direcciones; ese día cumplía 95 años y ya no volvería a ser la misma por más corto que fuese el tiempo que le quedara de vida.
Manuscrito que data de mi estancia en casa de mi madre entre 1992 y 1996, rescatado en martes 16 de agosto de 2005.
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Una de las actividades edificantes que nunca esta de más cultivar es la reflexión. El ejemplo supremo de ese fin es la confección de la paella, actividad no siempre bien valorada de cuyos dones nadie debería verse exento. Despúes de haber disfrutado una paella y durante su confección: recomiendo reflexionar.
¿Cuál es el cuál? ¿Quién sabe a dóde vamos con todo esto de las nuevas tecnologías y el internet? Creo que vamos en dos direcciones aparentemente opuestas: por una parte esta la antigua relación que guardamos con el mercado que hoy más que nunca se nos impone como inexorable, el consumo; por la otra, el internet y las nuevas tecnologías abren una brecha infinita a las posibilidades de creación. Creo también que podemos estar en las dos categorías perfectamente instalados, pero nunca antes nuestra capacidad de adptación social se ha visto más beneficiada, porque en virtud de las posibilidades de crear nos volvemos más selectivos con las tentaciones que el mercado promueve ya que casi todo lo que podemos desear en el mercado ha de pasar, en virtud de la expresión que alcanza la necesidad de crear, por el propio filtro de la creatividad. Creo finalmente que esta es la mejor interpretación que el topónimo de la ubicuidad puede tener: el internet expande las fronteras del ser.
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"Sencilla y vertical
Como una caña en el cañaveral
O retadora del furor genital
Tu andar fabrica para el espasmo gritador
Espuma equina entre tus muslos de metal"
Saludo a todos cuantos hubiere con este poema de Nicolás Guillén que espero disfruten.
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Ahora con lo de la ubicuidad cibernética, antes patrimonio exclusivo de algunos santos, la vida en tiempo real adquiere otra dimensión. Parece como si asistíeramos a la posibilidad de transcurrir con nuestra corta existencia hacia un plus de alternativas muy a tono con el desarrollo de la libertad y sus flujos dentro de una sociedad que redefine su concepto de comunicación y democracia. Bien por el ciberespacio y bien por la multiplicación de las regalías inmediatas de la ubicuidad.
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